El Corazón del Videojuego
Mucho tiempo ha pasado desde esos años 70 y 80 en los que dos franjas en los bordes de la pantalla jugaban un partido de arcaico tenis o desde que aquellos “invasores” provenientes del espacio exterior quisieron conquistarnos. Más que ningún otro afán, lo que pretendemos a la hora de plantarnos delante de un juego es el control. Control de un personaje y su mundo, control de un ejército, de un equipo o un monstruo carente de alma. El control de lo incontrolable, el poder de decicir sobre la vida y la muerte, sobre la creación de un paraíso o un infierno.
Desde los primeros títulos en los que se nos invitaba a participar en una experiencia interactiva, ahora lo que prima es el gozo de sentirse un ser omnisciente con criaturas que sin llegar a ser nuestras creaciones, nos sentimos con derecho a dibujar su destino. Una de las sensaciones primigenias que han llevado a los videojuegos a ser hoy en día una de las industrias de ocio más importantes a nivel mundial, es la de abandonar por unas horas nuestra propia existencia, es decir, dejar de ser nosotros mismos durante unos instantes para ser un explorador en un mundo perdido, el mejor piloto de carreras o un asesino a sueldo. Por ello, podemos identificar sin temor a equivocarnos uno de los orígenes más esenciales a los que acuden los desarrolladores de videojuegos actuales para crear sus nuevas obras, la literatura.

Literatura y videojuegos, una combinación ganadora. Reino de héroes y heroínas malhadados en busca de su camino. El género de “evasión mental” por excelencia es la base de campos tan aparentemente dispares como el cine y, claro está, los videojuegos actuales. Si algo tenemos en común, desde los cinéfilos más empedernidos al mayor fanático de los videojuegos es que somos amantes de las buenas historias. No podemos omitir que tanto en los videojuegos, el cine o el género literario hay cientos de variantes en los que un argumento no deja de ser una mera excusa para abandonarnos al propio ego. Y hablo de ego en el sentido de imbuirse en uno mismo, sin dejar ir más allá a nuestra mente de lo que se nos pone delante de los ojos.
Siempre habrá títulos que vendan millones de copias pasando por nuestras vidas sin pena ni gloria. No es de esos juegos de los que hablamos hoy. Quiero hablaros de esos títulos que como un buen libro o una buena película dejan una huella imborrable en el alma y el recuerdo. Sí amigos, un videojuego puede hacer eso y mucho más. No pretendo hacer una defensa a ultranza de un mundo que, sinceramente, ni lo necesita ni soy el indicado para hacerlo.
Algunos me tacharán de sacrílego al comparar grandes obras de la literatura universal con el origen nativo de un videojuego. Pero tengo algo que decir: yo he navegado con Ulises en su viaje a Ítaca, yo descendí a los infiernos con Dante y Virgilio en busca de Beatriz, yo seguí al “ingenioso hidalgo” en sus andanzas por La Mancha, yo viví el hundimiento de Beleriand y la caída de Númenor. Todos estos recuerdos los guardo, no con menos arraigo que cuando lloré con Marcus la pérdida de Dom, cuando recorrí las entrañas de las pirámides con Lara, cuando ayudé a John Marston a reunirse con su familia o cuando me enfrenté a los dioses al lado de Kratos. Yo estube allí y nadie me lo puede negar. Yo estuve allí.

Buscar las raíces identificativas de un objeto tan evolucionado y en constante cambio como los videojuegos actuales, se antoja como una ardua tarea. En una maraña de intereses y beneficios, la capacidad creativa en su más amplio sentido se ve coartada en demasiadas ocasiones por la demanda de un mercado sin compasión. Grandes “filósofos” de la industria como Tim Schafer o Cliff Bleszinsky se nos presentan en la actualidad casi como una especie en vías de extinción ante la pléyade de franquicias clónicas que se repiten año trás año sin aportar novedad alguna. Abrir nuevos caminos, contar nuevas historias o recrear nuevos mundos se convierte en una gesta titánica. Novedad, innovación, vanguardia tecnológica, evolución… ¿algún término está más estrechamente ligado al mundo de los videojuegos?.
En definitiva, y para concluir, tú, que pasas tu tiempo libre con un mando en las manos, desentrañando la trama de asesinatos de reyes en los reinos del norte, tú, que te infiltras en la mafia japonesa, tú, que te balanceas por los cielos de Manhattan o tú, que intentas acabar con una colonia de aliens en el último confín del universo, siéntete orgulloso. Orgulloso de las experiencias que vives, orgulloso de participar de un género que en nada o muy poco tiene que envidiar a las Grandes Artes.

Una nueva generación de máquinas está a la vuelta de la esquina… ¿os imagináis lo que nos espera?.
El corazón del videojuego goza de buena salud y late con fuerza como el corazón de Gamezeta. Seguimos aquí, y como dijo Nietzsche:
Aquello que no te mata, te hace más fuerte.











Yo no me imagino lo que nos espera y, por eso mismo, sé que será grande :)
Muy buen articulo, subscribo 100%.